Cuando los curriculums eran de papel

Desengañémonos: nadie dice “currícula” (excepto si estás en un foro especializado y temes quedar mal). Como mucho decimos “currículums” y, para ser totalmente sinceros, las más de las veces yo empleo el término castellanizado (“currículus”) y su abreviatura “curris”…

Pues bien, en los tiempos anteriores a Internet los currículums eran de papel y los profesionales de la Selección (no sé si de la 0.0 ó de la 1.0) empleábamos buena parte de nuestro tiempo en abrir sobres, grapar hojas y clasificar historiales profesionales en archivadores AZ, eso sí, por orden alfabético.
La cosa no era muy glamourosa: visitabas clientes, te encargaban un proceso de selección (¡¡eureka!!) y la rueda empezaba a girar. Esa rueda era muy “manual”: nada de páginas web de empleo (¿web… qué…?); si había presupuesto, redactabas un anuncio e intentabas encajar todas las palabras en el tamaño que podías pagar del periódico; la cosa se medía por “módulos”: 1 módulo era supercutre, 2 módulos mínimo minimorum, 4 módulos empezaba a ser operativo y cuando conseguías un proceso a nivel nacional podías incluso hablar de una página entera en “El País” (periódico de referencia de la época para estos menesteres).
Naturalmente, contabas con un partner importante en este proceso de publicación de anuncios, que era tu Agencia de Publicidad. Ellos ejercían de ángel de la guarda cuando te llamaba un cliente un viernes a las siete de la tarde para publicar anuncio el domingo (“¡por Dios, mételo en imprenta como sea!”) y maquetaban el texto que les enviabas… por fax.
Recuerdo muy bien cómo eran aquellos procesos de selección masivos que en cuestión de diez días te inundaban la oficina de sobres. “Es como un concurso de la tele”, me dijo una vez un becario de la Facultad de Psicología que hacía prácticas con nosotros. Es cierto, aunque la diferencia estaba en que esos diez o quince mil sobres había que abrirlos, grapar las hojas que venían dentro y clasificarlos por provincias. Durante una semana parecíamos más una oficina de correos que una consultora de Recursos Humanos, pero lo pasábamos francamente bien reuniéndonos alrededor de una gran mesa de juntas para hacer estas tareas.
Luego venía el tema de la preselección. Aquí no había criterios de descarte automáticos, “killer questions” ni cosas parecidas. No no, aquí lo que había era una primera lectura de los diez o quince mil curriculums para decidir quién pasaba a la siguiente fase. Nos repartíamos los montones y montones de papel y pasábamos fines de semana enteros leyendo candidaturas.
Cuando los curriculums eran de papel te ponías en contacto con tus candidatos preseleccionados por teléfono (por teléfono fijo, naturalmente); hablabas con cantidad de padres, madres, maridos y mujeres y dejabas cientos de mensajes de contestador.
Estos días he estado oyendo hablar mucho de “selección 2.0”, de que las llamadas webs de empleo ya están siendo superadas por otras formas de reclutamiento y me ha venido todo esto a la memoria. No niego que me he sentido por momentos como una especie de dinosaurio de los Recursos Humanos pero, qué caray, ¡que me quiten lo bailao!.
En Sarria (Lugo), a 19 de septiembre de 2014

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